Confía en mí

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El Señor te dice «Confía en mí». Pero dice solo confía en mí. Lo único que David tenía era una honda y una piedra cuando se enfrentó al gigante que llevaba puesta una armadura de noventa kilos de peso. Puede parecer absurdo, pero así es cómo Dios hace las cosas. Se escuchó un zuum, zuum, zuum, una piedra que voló por los aires y eso fue todo. Goliat cayó como un saco de arena. ¿Quedan algunos gigantes más por allí?

48 Y aconteció que cuando el filisteo se levantó y echó a andar para ir al encuentro de David, David se dio prisa, y corrió a la línea de batalla contra el filisteo.
49 Y metiendo David su mano en la bolsa, tomó de allí una piedra, y la tiró con la honda, e hirió al filisteo en la frente; y la piedra quedó clavada en la frente, y cayó sobre su rostro en tierra.
50 Así venció David al filisteo con honda y piedra; e hirió al filisteo y lo mató, sin tener David espada en su mano.
51 Entonces corrió David y se puso sobre el filisteo; y tomando la espada de él y sacándola de su vaina, lo acabó de matar, y le cortó con ella la cabeza. Y cuando los filisteos vieron a su paladín muerto, huyeron.
– 1 Samuel 17:48-51

No sé cuál es el gigante que le está atemorizando a usted el día de hoy. Puede ser su trabajo, su compañero de habitación o su escuela. Puede ser una persona, una demanda judicial, el desempleo, un desastre.., quizás, incluso, su cónyuge. Tal vez se trate de un temor que está acechándole a la vuelta de la esquina, consumiendo sus energías y apagando su fe. Dios le está diciendo a usted ahora mismo: “Lo único que te pido son piedras de confianza y una honda de fe. Eso será suficiente. No tienes que ponerte la armadura de otra persona. Solo confía en mí. Yo te despojaré de todo, y sólo conservarás la fe. Luego lograré una victoria donde yo recibiré la gloria… Pero en lo que respecta a ti… confía en mí”.

Es posible que usted no sepa qué hay a lo largo del valle. Quizás no puede captar el sentido de lo que es un gigante, pero está allí, inquietándole. La sola incertidumbre es un gigante en sí. Pero mire esa preocupación en comparación con el Señor con Dios mismo, y diga por fe: “La batalla es tuya, Señor. Es tu batalla. Me apoyo en ti. Te doy todas mis armas, toma mis habilidades, y me pongo de pie delante de ti, confiando en ti”.

Es el amor de Dios por nosotros lo que hace que Él nos lleve al final de nuestras fuerzas. El Señor ve nuestra necesidad de confiar en Él, y su amor es tan grande que no nos dejará vivir un día más sin que le rindamos nuestros brazos, y le entreguemos nuestros temores, nuestras preocupaciones y nuestra confusión, para que nada se vuelva tan importante para nosotros como nuestro Padre celestial.

Nunca, nunca lo olvides: ¡La batalla es del Señor!

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Autor: Pastor C. Swindoll
Fuente: BBN
Imagen: joão jesus / Pexels

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